De fiestas y contrafiestas: mito, subjetividad y derecho en La Perla
Introducción:
La reflexión en torno a la complejidad de los sujetos emergentes y las formas de construir nuevos vínculos sociales ha sido uno de los avances más importantes de la sociología moderna. Con ello, también se han replanteado conceptos considerados como naturales -raza, color, sexo, cultura y clase- para construir nuevas deficiones sobre el sujeto que nunca terminan por perfeccionarse, dejándolas así, a la interpretación individual.
Sin embargo, esta interpretación se desarrolla dentro de lo concreto del espacio y de las interacciones sociales que el mismo presupone. Este espacio, no está ajeno a los conflictos. Por el contrario, es un hervidero en el que se construyen las subjetividades – como la reorganización de las representaciones acerca de sí mismos, de la otredad y del lugar que ocupan en la sociedad- a partir de la creación de un imaginario, individual o colectivo, que cohesione los actantes dentro de determinado territorio.
Partiendo del concepto de la subjetividad – visto en este trabajo como la construcción del “sujeto capaz de representar, simbolizar, comunicar, pensar; revisar sus biografías personales y sociales; construir nuevos sentidos sobre su experiencia existencial desde todas sus dimensiones”1, hemos decidido acercarnos a la narrativa cultural del Barrio La Perla en el Viejo San Juan y cómo sus residentes interpretan el derecho que tienen a la manifestación de su cultura, específicamente dentro del contexto de las Fiestas de la Calle San Sebastián2 y a partir de la utilización su espacio de cara al Océano Atlántico. Asimismo abordaremos brevemente cómo el espacio ha condicionado a los residentes de La Perla como sujetos de derecho al ser perpetuados por la oficilidad como entes que viven “fuera de los límites de la ciudad”, provocando justamente el desarrollo de códigos propios apartados o en contraposición a los dominantes intramuros.
1.1 Mito y subjetividad
No es posible indentificar una sociedad vacía de mitos sociales. Aunque el desarrollo de los mitos, fue vinculado originalmenete a sociedades iletradas o sin escritura, la realidad apunta en dirección opuesta. Los mitos, configuran las valoraciones de una época dada enmarcadas en el imaginario colectivo, que argumenta su narrativa y sus significaciones. Estos “juegan un papel central en relación con la configuración de valores y creencias epocales. Son, sin duda, un fenómeno producto de los imaginarios sociales.”3. Las dimensiones de este imaginario son las representaciones de sí mismos y en su construcción intervienen valores y prácticas sociales que fundamentan la constitución de la subjetividad. Entonces, el mito es una de las formas en que las sociedades carecterizan con significaciones el mundo desde el plano del sujeto.
Los mitos, de acuerdo con Hans Blumenberg, “son historias que presentan un alto grado de constancia en su núcleo narrativo y, asimismo, unos acusados márgenes de capacidad de variación… [ ] de su constancia resulta el aliciente de reconocerlos … de su variabilidad el estímulo de probar a presentarlos por cuenta propia…”4
Esa capacidad de variación es la que provoca que el mito labre la subjetividad, con los deseos e intereses particulares del sujeto.
Mientras, desde lo social la subjetividad se construye y deconstruye permanentemente; “moldea nuestros cuerpos, mentes y relaciones sociales. Entonces, el modo en que se construya la subjetividad de cada individuo, así como el modo en que se transita este proceso, es resultado de un proceso de construcción social. Depende de los significados que se le asignen en cada cultura, en cada momento histórico, en cada contexto sociocultural”.5
1.2 La Perla, siempre fuera de los límites de la ciudad
La Perla siempre nos ha parecido un lugar inaccesible, un espacio al que sólo tenían acceso los que la habitan y algunos arriesgados que, dejando la calle Norzagaray atrás, se adentran a un mundo con unos códigos foráneos e incomprensibles.
El Barrio debe su nombre al Fortín de La Perla, un pequeño baluarte del que hoy solo quedan ruinas, que servía propósitos militares. Ese baluarte precede a la Muralla de San Juan y ya en 1625 estaba incluido en los mapas de la ciudad. Aunque la oficialidad establece que el sector comenzó a confirgurarse como una comunidad durante el S. 19, los dibujos del S.17 y 18 ya muestran cómo alrededor de las fortificaciones militares -el Fortín de La Perla estaba incluido- se concentraban “rancherías de bohíos” y “casas de negros”.
En la cartografía de 1792, San Juan ya se percibe “medievalizada”; es una ciudad rodeada por una muralla cuyo propósito era proteger el territorio militarmente. Intramuros existían cinco barrios de los cuales se destacan tres: Ballajá (en donde vivían los soldados negros), Culo Prieto (detrás del Convento de los Dominicos), y Hoyo Vicioso, ubicado por las Calles Norzagaray y O’Donnel.
En el siglo 19, los nombres de los barrios reflejan la influencia de la Iglesia Católica y excepto por Ballajá, los demás adquieren nombres del santoral: Santo Domingo, Santa Bárbara, San Juan y San Francisco. En el plano esquemático de San Juan de 1850, La Perla no aparece, aún cuando para esa época era un lugar poblado. El matadero había sido movido para el sector -fuera los límites de la ciudad- lo que atrajo a sus inmediaciones a los propios matarifes y sus familias en busca de trabajo, poblando más aún el sector.
Es importante señalar que San Juan se fue configurando como ciudad conforme avanzó la actividad económica y los primeros barrios se fundaban próximos a donde hubiera fuentes de trabajo. Eventuamente, los barrios intramuros fueron desplazados para permitir que las clases acomodadas construyeran sus residencias y así, de acuerdo con el arquitecto Edwin R. Quiles en su libro San Juan tras la fachada, “blanquear” la ciudad.
Quiles señala que los “barrios son lugares que buscan también ser ciudad, pero desde una perspectiva distinta. Toman como referencia la ciudad, pero utilizan otro registro espacial, otra iconografía”. Quiles añade que no debe entenderse esto como una diferenciación entre ciduad formal – aquella avalada por el poder- y ciudad informal, la construida por los subalternos, sino que “entre ellos y dentro de ellos se forman zonas fronterizas donde ambas encuentran lugares comunes a través del mestizaje”6.
Esta interpretación del barrio encierra lo que actualmente ocurre en La Perla, específicamente con la organización social y cultural. El tema puntual de las Fiestas de la Calle San Sebastián, representa, precisamente, esa apropiación de la referencia, pero dentro de otro registro, en este caso, desde lo periférico o marginal.
Mas aún, también simboliza ese estado fronterizo y de mestizaje, ya que la mayor cantidad de público que asiste a las contrafiestas es de afuera del sector, salta la muralla para mezclarse por unas horas con los que viven en la periferia y se internan y amoldan a un código más elástico, más flexible al que se acomodarán por poco tiempo, pero que no es posible representarlo intramuros.
Durante un recorrido por La Perla junto al presidente de la Junta Vecinal, Jorge Gómez, éste nos indicó que en la calle principal, donde se organiza la contrafiesta se conglomeran alrededor de 10,000 personas. Aunque el número podría ser cuestionable -en La Perla residen 198 familias para un total de 398 habitantes-, la asistencia estimada por Gómez es simbólica y está entramada en lo subjetivo, más dentro de la descripción hegeliana de algo “aparente o ilusorio”.
Sin embargo, las fiestas en La Perla son mucho más que una contramanifestación a la cultura hegemónica. Aquí, la expresión cultural, entendida como la creación de símbolos, signos y códigos que dan coherencia a una geografía en particular con sus normas, modelos, creencias y rituales para formular la identidad y la percepción del colectivo, toma singular importancia al apropiarse de una celebración oficialista, que representa la otredad y reinterpretarla bajo un nuevo código que surge de y en la subjetividad.
1.3 El espacio periférico
En un recorrido por la barriada, conversamos con varios residentes que constataron que, más que cualquier actividad cultural, vista aquí como la formación del ser, su preocupación principal es su propiedad, permanecer en sus hogares y que no los desplacen para construir un complejo turístico como se ha especulado en los círculos políticos del país. En sus casas está su lucha.
La investigadora mexicana Alicia Lindón ha trabajdo precisamente este tema y en su estudio El mito de la casa propia y las formas de habitarla destaca “La casa representa el punto de referencia básico desde el cual el sujeto construye su relación con el entorno, es decir la colonia o el barrio, y en consecuencia, el vecindario. Pero también es el punto de referencia con relación a lo que está más allá del barrio, la ciudad…. La casa usualmente tiene el sentido de protección y abrigo. [ Citando a ] Bárbara Allen dice (2003, p. 140) la casa es un lugar de síntesis, lugar último, lugar por el cual, aun en situaciones difíciles las personas movilizan sus recursos y defensas para preservarlo. Esta autora también plantea que en ocasiones el sentido de la casa se puede apreciar ante su “pérdida”.7
En este sentido, la subjetividad colectiva de los residentes de La Perla los mueve a preservar su espacio “íntimo”, amparados en el derecho a la propiedad privada, que no es más que otra dimensión de los símbolos y signos construídos culturalmente.
La vida de los residentes de La Perla ha sido condicionada por el espacio. Sus primeros residentes, tenían que asentarse allí porque era donde ubicaba el matadero y la ley establecía que tanto el macelo como el cementerio tenían que estar fuera de los límites de la ciudad. Segundo, al comenzar la construcción de residencias, tienen que negociar sus espacios para permitir que más obreros se acomodaran con sus familias lo que provocó el hacinamiento de casas -unas montadas sobre otras- y la estrechez de calles. Y ahora, continúa su lucha por el espacio, al gobierno federal de los Estados Unidos reclamar terrenos que le corresponden y en donde hay ubicadas 27 casas en su mayoría, ocupadas. Además, el Servicio de Parques exige un área de 10 metros entre la muralla y la comunidad para darle mantenimiento a las centenarias murallas.
Los residentes entienden que La Perla les pertenece -que tienen derecho al disfrute de su espacio, con su estética particular y la propia articulación identitaria-, ya que sus antepasados residían en el lugar antes de la Guerra Hispanoamericana, cuando pasaron las propiedades militares españolas al gobierno de los Estados Unidos. El concepto de espacio está vivo en el imaginario de La Perla, aún para delimitar la venta de drogas. “El punto”8 está demarcado por unas líneas amarillas lo que indica que el acuerdo social entre los que se mueven al margen de la ley y el resto de la comunidad es legitimado sólo en el espacio demarcado para ello. Entonces, La Perla está compuesta como las “matrioskas” o muñecas rusas, un espacio dentro de otro y así sucesivamente.
Es común escuchar entre los residentes de La Perla que ellos son los “verdaderos sanjuaneros” ya que ocupaban el lugar previo a la construcción de las murallas y la ciudad colonial. Esta aseveración, muestra nuevamente, cómo el mito creado sobre el origen del sector, resulta en la construcción de un “sujeto de derecho subjetivo…que se percibe a sí mismo como tal. Es decir, que se piensa investido de determinados atributos que la norma le reconoce o que piensa debe reconocerle”.9
Entonces, el mito es la fuente de donde emana la subjetividad colectiva del sector y sus manifestaciones en la interacción social y en el proceso de apropiación y reinterpretación de expresiones culturales.
1.4 La oficialidad perpetúa el arrinconamiento urbano
Como hemos señalado, La Perla ha sido condicionada por su espacio, dentro y fuera del sector. Desde su asentamiento, ha estado fuera de las murallas, por razones sociales, económicas y raciales. También ha sido excluida por la oficialidad en leyes y ordenanzas municipales, desencadenado así el establecimiento de códigos propios, culturalmente aceptados, pero enfrentados en muchos casos a la ley.
Cuando en virtud de la Ley 374 de 1949, conocida como la Ley de Zonas Históricas o Antiguas y de Interés Turístico, la Junta de Planificación redactó la Resolución Núm Z-7 que establecía la zona histórica, se excluyó a La Perla. Los barrios del Viejo San Juan incluídos en el mismo son: Ballajá, Mercado, El Morro, Catedral, San Cristóbal, San Francisco y La Marina.
La ley definió zona histórica como “un área dentro de la cual los edificios, estructuras, pertenencias y lugares son de básica y vital importancia para el desarrollo cultural y del turismo, por la asociacion de los mismos con la historia, por su peculiar estilo colonial español, incluyendo color, proporciones, forma y detalle arquitectonicos; por ser parte o relacionarse con una plaza, parque o area cuyo diseño o disposicion general debe conservarse y/o desarrollarse acorde a determinado plan basado en motivos o finalidades culturales, historicas o arquitectonicas en general”.10
La definición oficial -hegemónica y eurocéntrica (ver énfasis en el estilo español)- excluye al sector, dejándolo fuera, nuevamente por la oficialidad y perpetuando su estado exógeno – formado en el exterior de otro. Además, la ley niega el carácter histórico del sector y lo invisiviliza de la historia y de las transformaciones sociales.
Por otra parte, el Código de Orden Público del Viejo San Juan delimita la ciudad de la siguiente manera:
“demarcación geografica comprendida al oeste de una línea que en su punto inicial al Norte comienza con el límite Este de la muralla del Fuerte San Cristóbal, discurre por la Avenida Muñoz Rivera hasta el punto de colindancia entre los terrenos de la Casa de España y el estacionamiento de El Capitolio, baja la Avenida Juan Ponce de León y por ésta al Oeste hasta la Calle que conecta esta vía con el Paseo de Covadonga y por esta última continúa al suroeste hasta la esquina del estacionamiento de Covadonga para dirigirse al Sur por la calle que conecta el estacionamiento a la Calle Marina hasta llegar al mar”11
El Estado, nuevamente, pertetúa la exclusión de La Perla como barrio y a sus residentes como ciudadanos del Viejo San Juan, abriendo aún más la brecha simbólica con el resto de la ciudad, pero que se materializa a partir de la Muralla de San Juan.
Como es de esperarse, los límites geográficos han tenido su repercusión en la interpretación que hacen los residentes de La Perla sobre su relación con el derecho y la ley. Al ser mantenidos por la oficialidad fuera de los límites de la ciudad, los residentes entienden que pueden regirse por códigos más flexibles, producto de sus propias construcciones, que aquellos que gobiernan intramuros. La actividad cultural y económica, es de igual modo resultado de una traducción de los símbolos hegemónicos, filtrada a través del imaginario colectivo, sus mitos y las subjetividades resultantes de éstos.
Esos códigos adaptables, producto de la interpretación que han hecho sobre sí mismos, su espacio, su relación con la otredad y con la ley, son los que de acuerdo con Gómez, “también atraen hacia La Perla a los residentes del resto de la ciudad”; lo que estimula el tránsito y el encuentro con el otro. Sin embargo, la flexibilidad que nace desde la subjetividad es la que, además, les permite a los residentes de La Perla oscilar entre su territorio y la ciudad formalizada por la oficialidad sin mucha dificultad, ya que su actividad laboral y educativa ocurre en el entorno del otro.
Como ha comentado el arquitecto Quiles “los eventos no suceden en el vacío. El espacio no sólo contiene y facilita (o limita) la actividad humana, también la repesenta, la expresa, la moldea, le otorga una dimensión simbólica. Es también protagonista. Es producto, así como mediador de las relaciones sociales.”12
En la Barriada La Perla, se construyen mitos y subjetividades que constituyen la cosmovisión de los que han vivido en un espacio delimitado por una muralla y un vasto océano, pero que han sido excluidos por la ley aunque amparados, irónicamente, por un estado de derecho con el que no encuentran correspondencias como ciudadanos.
REFERENCIAS:
Hans Blumenberg. Trabajo sobre el mito. Paidós 2003. p.41
Nora Mabel Briuoli. La construcción de la subjetividad. El impacto de las políticas sociales. Historia Actual Online (HAOL), Núm. 13 (Primavera, 2007), p. 81-88
Lucio Cerdá. Los mitos sociales y las configuraciones subjetivas. Anales de la educación común, Año 2, Núm, 4, Filosofía política del currículum, Agosto de 2006 pp. 36-43
Alicia Lindón. El mito de la casa propia y las formas de habitar. Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales. Barcelona: Universidad de Barcelona, 1 de agosto de 2005, vol. IX, núm. 194 (20). En http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-194-20.htm [ISSN: 1138-9788]
Efrén Rivera Ramos. Derecho y subjetividad. Ponencia entregada como lectura de clase Derecho y Cultura, UPR, Rio Piedras, 2009
Edwin R, Quiles Rodríguez. San Juan tras la fachada. Una mirada desde sus espacios ocultos (1508-1900). Instituto de Cultura Puertorriqueña, 2003, p.14
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